Atrapados en nuestra enfermedad crónica

Las vueltas de las vacaciones siempre son complicadas sobre todo cuando uno se va a un paradisíaco lugar como Aruba, el cual tuve la suerte de visitar junto a mi familia recientemente. Si bien debo reconocer que descansé y disfruté del calor de la playa, no me he desentendido del todo de la Bolsa.

Para suerte (o desgracia según quien lo mire), Internet permite estar conectado las 24 horas del día desde cualquier rincón del planeta, algo que realmente me permitió seguir la coyuntura argentina bien de cerca como así también la evolución de nuestro mercado.

A la distancia se percibió una mayor tranquilidad financiera, primero a través del dólar, seguido por la menor tasa de interés implícita de las Lebac en el mercado secundario y luego por la recuperación de las cotizaciones de algunos activos de riesgo como las acciones y los bonos.


Luego de romper los $ 27 a principios de junio, el dólar mayorista se ha movido en una banda lateral de $ 29 como techo y de $ 27,20 como piso, llevando a una relativa calma en los inversores.

Desde mi experiencia reciente en mis vacaciones, el tipo de cambio actual parece muy atractivo para la economía argentina, sobre todo cuando de consumir en el exterior se trata. Desde ese punto de vista, podemos señalar, al menos, que Argentina ya no está cara en términos de dólares.

Y esto es una buena noticia para solucionar una parte importante del desequilibrio macroeconómico como es el saldo deficitario de la balanza de turismo que arrojó un rojo de más de US$ 10.000 millones en el año 2017.

Sin embargo, como todo en Argentina, existe una enfermedad crónica que lejos está de terminar: cuando sobrevienen devaluaciones fuertes de la moneda local siempre, más temprano que tarde, la inflación se acelera y lleva a que se pierda el colchón de mayor competitividad que otorga la caída del peso argentino.

¿Estaremos ante esta situación nuevamente…?


Desde el inicio de la gestión de Cambiemos, y en coincidencia con el levantamiento del cepo cambiario, la inflación mayorista en Argentina ha ido siempre por delante de la evolución del tipo de cambio. Sólo en el primer trimestre de 2016 el dólar estuvo “alto” en relación al costo de vida, pero luego comenzó a perder terreno ante la suba del nivel general de precios, dando lugar así al denominado atraso cambiario.

Recién con la escalada del billete visualizada en mayo de este año, la suba acumulada del dólar en la era Cambiemos estuvo por encima de la suba acumulada de la inflación mayorista, aunque ésta última se aceleró fuerte en el trimestre mayo-junio-julio (si bien aún no se dio a conocer la cifra de julio, las estimaciones privadas dan cuenta de un avance superior al 3%), dando lugar al debate nuevamente: ¿Volverá la Argentina al atraso cambiario?

Mi visión particular es que estamos en una situación difícil.

Lo primero que tenía que hacer el BCRA era “domar” al dólar en el corto plazo, algo que se logró a costa de sacrificar reservas internacionales y una tasa de interés tremendamente elevada. Pero sin el dólar “bajo control”, no hay forma de poder avanzar en reformas estructurales que generen confianza.

El problema, ahora, es que la recesión económica puede ser más profunda de lo que espera el Gobierno y encima, como vimos anteriormente, la inflación se acelera. Estamos en un proceso de estanflación que pone un condimento de incertidumbre adicional de cara a las elecciones de 2019.

Nuevamente el país parece estar encerrado en su propia trampa: la devaluación genera un efecto “competitividad” efímero que es evaporado por una aceleración inflacionaria que no hace más que volver todo a foja cero.

El Gobierno debe acelerar las reformas y la búsqueda de consensos para evitar una nueva crisis de confianza que desencadene en mayor incertidumbre.

Esperemos que esta vez sea distinto.

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Sistemas IG

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