Tic Tac, Tic Tac…

Iniciamos una nueva semana en esta Argentina “surrealista” en donde un chofer de remise, su ex pareja y ocho cuadernos pueden marcar el rumbo de la política argentina de cara a las elecciones presidenciales de octubre de 2019. Absolutamente todos los medios locales se hacen eco de esta noticia, sus implicancias y las novedades que surgen minuto a minuto.

¿Es esto acaso tan relevante…?

Sí que lo es, pero no se trata de lo más importante a la hora de buscar salidas de fondo a la mediocridad económica en la que Argentina se encuentra inmersa desde hace más de 50 años. Mientras se revolean acusaciones cruzadas, nadie está pensando en un plan consistente para romper los flagelos económicos que han gobernado en el último lustro: alta inflación y estancamiento económico.

Así, dos de las expresiones oficiales que se escucharon permanentemente en el verano, como ser “la inflación claramente está bajando y vamos a lograr crecer dos años consecutivos por primera vez en 5 años”, ya no tienen razón de ser.

En esta Argentina mediocre, con una inflación firmemente instalada en el 30% anual, una actividad industrial que cayó más de 8% en junio y un consumo en franco retroceso, la recesión más prolongada que lo previsto parece inevitable. Así, la corrida cambiaria comienza a dejar secuelas difíciles de disimular en términos de la actividad, aunque también abrió un debate que inquieta en estos momentos: la sustentabilidad de la deuda pública.


Según datos del Ministerio de Hacienda, la Deuda Pública representaba el 59,3% del PBI al fin del primer trimestre de este año. Pero la aceleración de la devaluación durante el período abril-junio, sumado a la retracción del Producto Bruto, llevarán esa cifra a un nivel entre 70% y 75% entre el segundo y tercer trimestre.

Aquí hay que considerar tres cuestiones relevantes:

1. Desde el mínimo nivel Deuda / PBI, alcanzado en 2011, motivado por el cierre de los mercados voluntarios de endeudamiento producto de nuestro default, el nivel casi se duplicó. Esto sugiere que la velocidad del crecimiento de los pasivos en relación al producto necesariamente tendrá que disminuir fuertemente para evitar la percepción de que un default es posible en un plazo relativamente corto.

2. Del total de Deuda Pública, un 42,3% es exigible por acreedores externos, una cifra relativamente baja considerando la historia argentina.

3. El 70,2% de dicha deuda externa está nominada en moneda extranjera y de ese total el 88% se debe en dólares estadounidenses. Aquí es donde se encuentra la mayor vulnerabilidad de nuestros pasivos, considerando la permanente restricción externa de Argentina y su incapacidad de generar una oferta de divisas en el corto plazo por el lado de la balanza comercial.

Viendo lo anterior, la caída de los bonos soberanos no ha sido antojadiza en lo que va del año. La velocidad de expansión de los pasivos no era sostenible en un contexto de aumento de los desequilibrios macroeconómicos y un frente externo menos amigable a partir de la suba de las tasas de interés en Estados Unidos.

Durante estas semanas se respira un aire de necesaria estabilidad. Por el momento no parece que estemos ante una bomba a punto de explotar, pero sin dudas se necesita un plan macroeconómico sustentable que permita recobrar la confianza en el peso argentino y despejar cualquier duda de que el país va a toparse nuevamente contra la dramática restricción externa que desencadenó, una y otra vez, en una crisis económica con fuerte impacto sobre los ahorros.

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