Entre vinos y montañas, una tenue esperanza

• Recorriendo el país con ojos de inversor
• La industria del vino hoy
• Una alternativa que no es aprovechable 

En los últimos años me he dedicado a recorrer nuestro país con mi familia. Con mis hijos más grandes, aproveché los fines de semana puente para hacer esas necesarias escapadas de descanso. Estuve en lugares como Iguazú, Rosario, Gualeguaychú y Mendoza, entre otros. Todas tienen su encanto, pero la provincia del vino me impactó.

La conocí por primera vez en septiembre de 2017, pero volvimos a reincidir hace exactamente un mes con la excusa de un casamiento de una amiga del trabajo de mi mujer.

La capital de la provincia cuenta con lindos parques públicos, mucho verde aunque, no tan bien mantenidos (por lo visto, el mal uso del presupuesto público no es una cuestión que se circunscribe solamente a la Ciudad de Buenos Aires). También encontramos un pintoresco corredor gastronómico y mucho movimiento en la peatonal principal.

Pese a esto, el vino de la provincia es lo que marca la diferencia. Apenas unos kilómetros en las afueras de la capital ya se empiezan a asomar las grandes plantaciones de viñedos, que se entremezclan con los valles y las cumbres de las montañas de la Cordillera aún nevadas.

Uno de nuestros destinados preferidos es manejar por la Ruta Nacional 7, camino a Uspallata, donde aparecen las grandes bodegas más reconocidas, como Ruca Malen o Séptima (a la que asistimos), con las firmas boutiques cuya producción y comercialización aún conservan cuestiones mucho más artesanales.

Su editor en el recorrido de la bodega Séptima, Ruta No. 7, Mendoza

Además de disfrutar mucho del vino, no me he podido librar de mi rol de economista ni un segundo en mi visita a la bodega Séptima. A priori, al ver la gente que nos rodeaba rápidamente sentí la mayor competitividad que había dado el salto del dólar: inmensa cantidad de brasileños se entremezclaban con algunos visitantes de habla inglesa.

Así, me sentía realmente visitante ante la escasa cantidad de argentinos mientras los extranjeros presentes compraban grandes cantidades de botellas de vino como si se trataran de simples caramelos en un maxiquiosco.

Ante mi consulta sobre el andar del negocio a una de las empleadas de allí, su respuesta fue contundente: “estamos mejor, recibiendo buena cantidad de turistas extranjeros”.

El día prosiguió, tuvimos un fantástico almuerzo y con la panza llena de deliciosa comida (y un muy buen vino) continuamos disfrutando de los fantásticos paisajes.

Fue al día siguiente cuando realmente comprobé que la actividad vitivinícola había sido fuertemente favorecida con el deslizamiento del tipo de cambio. En la localidad de Maipú hicimos una breve visita a la olivícola boutique Pasrai, una pequeña firma que mantiene la producción artesanal y que fue fundada por Don Marcos Muravnik, un europeo que vino a la Argentina en 1920.

En el año 1995, la tercera generación de los Muravnik conformó una nueva sociedad con Horacio Ilardo, a partir de la cual nació la marca Pasrai como se la conoce en la actualidad. Precisamente, antes de realizar la degustación de los aceites me encontré con Horacio en el lugar y confirmó aquella luz de esperanza:

“Estamos mejor. Ésta ha sido una gran campaña para la industria del vino y con el dólar en estos niveles podemos competir en el exterior. Sin embargo, la cuestión impositiva es la gran deuda pendiente.”

Al menos, estos testimonios me permitieron cortar un poco con el pesimismo lógico que se vive en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Claro está que se encuentra totalmente justificado después de un año terrible donde los ingresos perdieron, al menos, 15% de poder adquisitivo.

Hacia adelante, sabemos que el tipo de cambio sólo no alcanza ni por casualidad. Es una pequeña parte que explica la competitividad de un país. Sin otras medidas, su efecto positivo es efímero, sobre todo porque la inflación ya está haciendo su parte para desincentivar la producción y la suba de impuestos complementa el efecto.

Más allá de eso, como inversor me pregunto si hay manera de aprovechar este buen momento de la industria vitivinícola, aunque sea efímera, mediante alguna inversión. Miro alrededor de nuestro mercado de capitales y no encuentro mucho, por no decir nada.

Solo aparece la propuesta de Bodegas Esmeralda (ESME) una pequeña productora de vinos con una capitalización de mercado de $ 5.500 millones. A pesar de haber sido una gran inversión en este año, con una mejora de 41%, el principal de los problemas es su falta de liquidez.

De hecho, por ejemplo, el día viernes último es una acción que no se negoció en Bolsa.


En su balance a seis meses, reportado recientemente, se deja ver la mejora de la mano del dólar: las ventas subieron 14,5%, el resultado operativo un 66,7% y el resultado neto un 202% como consecuencia de las diferencias de cambio positivas en la línea financiera.

Podría llegar a ser una apuesta de largo plazo si esperamos una Argentina más normal y predecible, algo que luce demasiado utópico en estos momentos. Así, a pesar de su buena posición patrimonial y financiera, invertir en ESME pensando a cuatro o cinco años es totalmente peligroso para el inversor por el riesgo de iliquidez.

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